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lunes, 23 de julio de 2018

TARTA DE TRES CHOCOLATES


La noche que cumplí veintisiete años me pasé más de media hora recibiendo a los invitados que llegaban. Todos me estampaban un par de besos en la cara y algunos, un regalo en las narices.
Solo hacía tres meses que David y yo habíamos alquilado un piso muy céntrico en Sevilla. Era algo pequeño pero con una gran terraza.
Se supone que teníamos suerte, apenas llevábamos poco más de años licenciados en Historia y ya teníamos ambos un trabajo estable: él en el Archivo Provincial y yo en una empresa de turismo. No nos iba mal.
Para celebrar mi cumpleaños, David había ideado organizar una cena con amigos en nuestra terraza aprovechando la brisa fresca de las noches de verano. Estábamos a mediados de julio. Él correría con todos los gastos; ese sería mi regalo de cumpleaños. Pero además, pretendiendo hacer una especie de labor social amorosa se empeñó en que invitara a todas mis amigas solteras y él hizo lo propio con sus amigos para ver si del encuentro surgían nuevas parejas.
—Invítalas a todas. Cuántas más mejor— me dijo David unos días antes.
—Oye, que no son carnaza para tus amigos— le respondí.
—Aquí nadie va a ser carnaza de nadie, Rocío —rió con la boca cerrada —. La idea es que hay mucho desparejado suelto por el mundo y que nosotros, ahora que estamos bien, que somos felices y lo tenemos todo, podríamos ayudar presentando a algunos y si surge algo… Quién sabe, lo mismo dentro de unos años estaremos rememorando esta cena y alguno de ellos estarán dándonos las gracias por haberlos presentado.
—No somos una agencia matrimonial, David.
—Eres muy negativa.
—No es que sea negativa, es que no me va ese rollo de hacer de celestina. Además, muchos de nuestros amigos se conocen. En realidad, están hartos de verse. Estudiamos en la misma facultad, la misma carrera y en la misma clase, cariño, parece que se te olvida.
—Ya, nena, pero tienes a más amigas que no son de la carrera y a compañeras del trabajo.
—Bueno, sí…
—Pues no se hable más.
Y durante días, no se habló más. Yo solo tuve que preocuparme por adecentar la casa. David, que siempre fue un “cocinillas” organizó todo lo referente a la comida para la cena. Como no entendía demasiado de vinos, compró los más caros; «Al final a la gente lo que le importa es que cuando los invitas te gastes dinero en ellos aunque le sirvas vinagre cobrizo y se encallen las encías cuando lo beban. Aun así, seguro que cogen la botella, leen la etiqueta y dicen: Vaya tío, ¡este vino te ha tenido que costar una pasta!».
Un par de noches antes de mi cumpleaños, hablamos sobre a quién invitaríamos.
—No olvides invitar a Virginia. ¿Aún tienes su número de teléfono?—dijo David.
—¿Virginia? ¿Qué Virginia?—le pregunté.
—Virginia la de clase. La que hizo contigo aquella exposición sobre la vida de frontera en la Edad Media y acabasteis las dos discutiendo con un guiri que no paraba de llevaros la contraria. ¡Menudas erais! ¿No me digas que no la recuerdas?
—Sí, la recuerdo. Debo tener su número grabado en el móvil. A lo mejor también lo tienes tú.
Virginia había sido nuestra compañera de clase los cinco años de carrera. Salíamos con el mismo grupo de amigos de la facultad y solíamos hacer los trabajos y exposiciones de clase juntas. La gente decía que formábamos un buen equipo. Pero en el último curso yo empecé a salir con David, el chico del que ella había estado enamorada desde primero. Todos nuestros compañeros lo sabían. David también lo sabía. Poco a poco Virginia y yo nos fuimos distanciando hasta perder el contacto.
—Sí, quizás lo tenga grabado aún. Luego lo miro y te digo —dijo él.
—A lo mejor ahora está saliendo con alguien —le dije.
—No, creo que no. Supe que tuvo un par de relaciones, una que duró unos meses y otra poco más de un año, pero ahora no está con nadie. Piensa que en cierto modo, se lo debes.
—Yo no le debo nada a nadie.
—Pero, ¿la llamarás?
—Lo haré.
Por la mañana la llamé. Me dijo que vendría.
Y ese es el motivo por el que me encontré aquella noche celebrando mi cumpleaños entre desconocidos y gente a la que hacía mucho que no veía.
No me arreglé demasiado para la ocasión. Me puse los mismos vaqueros que había llevado al trabajo y me cambié la camiseta que tenía por una blusa.
De los invitados, Virginia llegó la última.
Cuando abrí la puerta, yo le sonreí y ella se me echó a los brazos.
—¡Cuánto tiempo, Rocío! —exclamó a modo de saludo.
—Sí, ya ves. Bueno, nunca es tarde ¿verdad? —dije yo.
—Claro que sí, mujer —dijo—. Estás estupenda, eh. Has cogido algunos kilos ¿no? Pero te sientan muy bien.
—Sí, debe ser la buena vida. Tú sin en cambio, estás delgadísima. ¿Y eso? Supongo que el estrés del trabajo. A veces el ritmo de vida que llevamos hoy día nos pasa factura.
—Sí, es verdad. Estuve trabajando como profesora de clases particulares en una academia hasta el mes pasado. Mi contrato venció y la academia no me lo renovó porque están pensando en cerrar. Ya sabes, la situación económica ahora, es lo que tiene…
—Te entiendo. La verdad es que David y yo no nos podemos quejar en ese tema. De todas formas no te preocupes, seguro encuentras algo pronto.
Le volví a sonreír y la invité a pasar. Ella también sonrió y me entregó su regalo. Era un pequeño frasco de perfume de Agua de rosas de Adolfo Domínguez.
Cuando estudiábamos juntas, en una ocasión le dije que el perfume de Agua de rosas era una fragancia perfecta para mujeres que pasaban de los cuarenta años y que por eso solía regalárselo a mi madre.
Ya en casa, abrazó a David con la misma efusividad con la que me había abrazado y le regaló un par de sonoros besos. Yo la invité a sentarse en la mesa, en un hueco que quedaba entre dos amigos de David. Ambos informáticos y sin pareja conocida desde hacía años. Sus asientos quedaban lejos de dónde nos sentaríamos David y yo.
David sacó varias botellas de vino y algunas cervezas y refrescos. En la mesa se sentaron unos veinte comensales. Había comida para más del doble.
David se la pasó dando paseos de la cocina a la terraza y viceversa, sin dejar que nadie le ayudara. Iba a por la ensaladilla, luego a por el aliño de de pimientos, la tabla de quesos, los platos de chacina, la tortilla, las aceitunas, los picos, el pan…
Yo fui a por unas copas que aún tenía guardadas en el armario de la habitación de invitados. Las habíamos comprado en IKEA poco antes de venir a vivir al piso pero no las habíamos sacado aún. No eran los únicos trastos que andaban escondidos en esa habitación a la que no dábamos uso.
Como el armario quedaba enfrente de la cama, incliné el cuerpo y estiré los brazos para llegar a la parte más alta que era dónde estaba la caja con las copas.
Al bajar de la cama, el móvil que tenía guardado en el bolsillo derecho del pantalón empezó a sonar con la melodía que tengo puesta para los mensajes.
Me lo saqué del bolsillo y leí el mensaje: “Felicidades preciosa. ¿Qué tal? ¿Cómo te va?”
Me lo enviaba “C.G”. C.G son las siglas de una entrada en mi móvil con un número de teléfono que llevaba guardando muchos años. Lo tenía memorizado en la tarjeta SIM para no perderlo cada vez que cambiara de móvil. C.G son las siglas de Carlos Gil un amigo, siete años mayor que yo, al que conocí unos meses antes de entrar en la facultad y con el que empecé a salir estando en primero de carrera pero solo unos días porque recibió su primera oferta de trabajo en Barcelona y se mudó. No planeamos mantener una relación a distancia, ni nada de eso. Me estuvo llamando durante un tiempo. Lo siguió haciendo incluso cuando empezó a salir con una compañera de trabajo, Carmen, pero cada vez con menor frecuencia hasta que dejó de llamar. Yo tampoco lo llamé. Hacía al menos cinco años que no cruzábamos palabra y que no sabíamos de la vida el uno del otro. Ni si quiera nos teníamos agregados en las redes sociales.
Guardé el móvil en mi bolsillo y volví a la terraza.
Allí ya se habían hecho las presentaciones oportunas y se habían formado los correspondientes grupos. Los dos acompañantes de Virginia no paraban de darle conversación. Ella respondía escuetamente.
David empezó a rememorar anécdotas. Siempre hacía eso en las fiestas. Yo piqué algunas aceitunas y me tomé un par de copas de vino.
Los platos se vaciaron pronto. David me pidió que lo ayudara, en la cocina, a servir el segundo.
Había preparado escalope de ternera en salsa de almendras, acompañado con unas bolitas de patata que se había llevado toda la tarde haciendo. Yo enchufé la freidora para freír las bolitas y saqué un par de salseras en las que verter la salsa sobrante por si alguien quería echarse un poco más. Él preparaba los platos con la carne todo lo rápido que podía.
—Pareces nervioso, cariño. Estate tranquilo. Todo está saliendo bien.
—Sí, eso creo. He visto tontear mucho a uno de mis amigos, Marcos, con tu amiga esa, la pelirroja.
—¿Con Marta?
—Sí, con ella.
—¿Todavía sigues con esas? ¿No se supone que era mi cumpleaños? Quiero que dejes ya esa pose de maruja casamentera. No te pega. No me gusta.
—Pero, ¿Qué tiene de malo? Si nuestros amigos “intiman” pueden salir con nosotros y…
—¿Lo estás haciendo por eso?
—No, mi vida.
—Vaya que lo de mi cumpleaños era una excusa para organizar esto…
—No te pongas así, nena. He hecho tu tarta preferida, de tres chocolates. La hice esta mañana cuando estabas trabajando. La tenía cuajando en el congelador. La voy a sacar para que no esté tan dura. Te va a encantar. Incluso te he comprado velas.
—Será mejor que empecemos a llevar los platos de carne a la mesa o se van a enfriar.
—Está bien.
Llevamos todos los platos a la mesa entre los dos. Finalmente le di una de las salseras a David y yo me quedé en la cocina para coger la segunda salsera y algunos cubiertos más.
Antes de nada me saqué el móvil del bolsillo y respondí a C.G.
“Gracias. ¡Cuánto tiempo! Me va muy bien. Terminé la carrera y he encontrado trabajo de lo mío. ¿Y a ti qué tal te va?”
Volví a la terraza. Durante mi ausencia y la de David muchos se habían cambiado de asiento. Virginia estaba a tan solo un comensal de distancia de David y no dejaba de mirarlo. De vez en cuando, le sacaba tema de conversación. Yo intervenía y mientras hablaba acariciaba el hombro de David.
Al cabo de un rato Virginia propuso un brindis, por los anfitriones. Así que me serví más vino y alcé mi copa como hizo todo el mundo.
Probé un par de bolitas de patata bañadas en salsa de almendra. Estaba tragándome la segunda cuando mi móvil volvió a sonar. Tuve que hacer pasar la patata con un trago de vino y lo cogí.
—¿Quién es, nena? —me preguntó David.
—Mi hermana, me envía un mensaje para preguntarme qué tal va todo. Ya sabes que es muy curiosa…. —le respondí sin levantar la vista del móvil.
En el remitente del mensaje ponía C.G y el contenido decía: “¡Me alegra que te vaya bien! A mí me va regular, Carmen y yo lo hemos dejado después de varios años. En lo profesional me va mejor. Tengo un nuevo trabajo en el que viajo mucho.”
Yo le respondí instantáneamente: “Vaya, siento lo de Carmen y tú. Espero que estés bien. Enhorabuena por tu nuevo trabajo, siempre te gustó mucho viajar. Seguro que estás contento con ese cambio.”
Me serví otra copa de vino y probé un poco de la carne.
Cuando terminé me levanté, cogí mi plato y varios vacíos pero David me los quitó de las manos.
—Tú quédate aquí tranquila. Voy a preparar la tarta. Virginia me puede ayudar, ¿Verdad, Virginia?
—Por supuesto —respondió Virginia levantándose rápidamente de su sitio.
—No, cariño. Será mejor que te ayude alguno de tus amigos. Hace mucho que Virginia y yo no hablamos. Nos gustaría ponernos al día. ¿A que sí, Virginia?
Virginia asintió con la cabeza, sin decir palabra y se volvió a sentar.
Después de irse David, Virginia y yo no hablamos. Ella se giró en su silla hacia un lado y yo hacia el otro.
Recibí otro mensaje de C.G: “Gracias por los ánimos, guapa. ¿Sabes? He estado pensando en ti.”
No respondí el mensaje en ese instante. Me serví otra copa de vino. La bebí a sorbos largos.
Todos estaban charlando animadamente formando coros de pie alrededor de la mesa y varios aún sentados. Virginia se levantó para integrarse en la conversación que mantenían los informáticos con dos de mis amigas.
Algunos empezaron a entrar en la casa y a trastearlo todo. La mayoría miraba los cuadros de fotos. Teníamos muchos por todo el piso.
Una amiga gritó desde el salón.
—¿Ese es el Teide? ¿Habéis ido a Tenerife?
—Sí. Fuimos el verano pasado con los padres de David. —le respondí yo, también gritando, a la vez que me servía otra copa de vino.
Con la copa llena hasta el borde reposando en la mesa, saqué el móvil de mi bolsillo y respondí a C.G:”Me ha sorprendido mucho que me mandaras un mensaje. Yo también he estado pensando en ti.”
—Míralos a los tortolitos, qué románticos. ¿Cuántas veces habéis ido a Paris? Tenéis tres fotos distintas frente a la Torre Eiffel —gritó otra amiga mía desde el comedor.
—Sí, supongo que es la típica foto. Hemos ido tres veces pero dos fueron por asuntos de trabajo míos y David me acompañó. Nos gusta mucho Francia y el francés es el idioma en el que mejor nos defendemos los dos —respondí gritando cuanto pude.
De pronto, las luces se apagaron y del comedor a oscuras emergió David con la tarta y veintisiete velas encendidas hundiéndose en la capa superior de chocolate blanco.
Todos empezaron a entonar el cumpleaños feliz descompasadamente.
Hacía años que nadie me cantaba el cumpleaños feliz.
David me besó en la frente. Luego puso la tarta sobre la mesa y me dijo:
—Sopla las velas, nena.
Las soplé.
Al ver que no quedaba ni una vela encendida empecé a quitarlas del a tarta. La capa de chocolate blanco parecía un campo de cráteres. David partió la tarta y repartió un trozo generoso a cada invitado.
Yo me había comido tres o cuatro cucharadas de tarta cuando recibí otro mensaje de C.G: “Me gustaría volverte a ver. Te he echado tanto de menos… En septiembre viajo a Sevilla. ¿Quieres que te avise y quedemos para tomar una copa?”
Sostuve con una mano el móvil y con la otra agarré la copa de vino que ya estaba a la mitad y me la terminé de un trago.
David estaba sentado a mi lado riendo a carcajadas y apurando las últimas anécdotas de la noche.
—Cariño, ¿No habías comprado unos chupitos?— le pregunté.
—Sí, de tequila, de vodka caramelizado, de hierbas y hasta de limoncello.
—¿Por qué no los sacas ahora?
—Buena idea. ¿Me acompañas?
—No, cariño. Mejor que te acompañe Virginia creo que ustedes aún tenéis mucho de qué hablar para poneros al día.
Virginia que se había sentado en el otro extremo de la mesa, me miró con cara de incredulidad. Yo sonreí mientras asentía con un leve movimiento de cuello. Ella se levantó presurosa.
—Yo te acompaño, David —dijo Virginia. Lo acompañó a la cocina agarrándolo por el brazo y dorándole la píldora —. ¿Has hecho la tarta tú? ¡Qué apañado eres! Estaba buenísima. El otro día hice una tarta parecida…
Yo volví a coger el móvil y le respondí a C.G.: “Yo también quiero volver a verte. Ok, avísame cuando vengas. Te espero.”
Cuando los invitados se fueron, David y yo estuvimos un buen rato recogiendo platos y vasos. Ya en la cama, él me buscó. Jugó con sus manos entre mis piernas y me mordió el cuello bajando hasta el pecho para chupar mis senos como un felino hambriento, pero aquella noche no hicimos el amor, ni la siguiente.

RELATO PREMIADO EN EL IV CONCURSO DE RELATOS ALBERTO FERNÁNDEZ BALLESTEROS. JUNIO 2016.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Aparece cada mañana a la misma hora.

Aparece cada mañana a la misma hora, a las 12:30, va cojeando de la pierna izquierda y se ayuda de un carrito para andar. Debe tener  poco más de cincuenta años. Va aseado, aunque viste cazadora juvenil. El traqueteo de su carrito apenas enturbia el silencio zumbante de la biblioteca y los cuatro motores de la austera calefacción. Nadie parece reparar en su presencia cuando llega. Solo yo, que lo espero. Siempre repite el mismo ritual. Avanza hasta la última mesa y deja el carrito. Desanda sus pasos, ahora con más dificultad y coge un libro. Siempre el mismo. Uno de tapas gruesas negras y tamaño folio.Vuelve hacia el asiento junto a su carrito y se sienta seis minutos. Ni uno más, ni uno menos. En ese corto espacio de tiempo ojea el libro con desidia. Pasado el tiempo se levanta y lleva el libro hasta una mesa que se encuentra cerca del mostrador. Pero no al mostrador. Luego, avisa a las bibliotecarias del lugar donde ha dejado el libro, regresa a por su carrito y se va. Y yo no lo entiendo. Yo siempre quiero entenderlo todo pero eso no lo entiendo. A él no lo entiendo. He dejado de leer a Mitre, Gramsci, Pierre Vilar y a otros tantos solo por verle ojear el mismo libro en bucle, cada día. Me he inventando montones de explicaciones razonables para su sin razón. Hoy estuve a punto de resolver el enigma preguntando a las bibliotecarias. Porque asumo que ellas si saben lo que ocurre, lo intuyo por las miradas de complicidad que se dedican nada más verlo llegar. Pero no lo he hecho. He recordado que son las cosas que no alcanzo a comprender las que impulsan a escribir. Y lo echo de menos. Mientras no sepa por qué actúa así, hay un abanico ilimitado de posibles respuestas que puedo fantasear. Es el esbozo de un personaje. El esquema desdibujado de una trama. Una historia por contar.

sábado, 27 de febrero de 2016

DIOS VUELVE EN UNA HARLEY

dios vuelve en una harley


«Léete Dios vuelve en una Harley, de Joan Brady, te va a venir bien».  Me lo dijo así, sin más, como si acabara de recomendarme tomar una tisana de pasiflora para los nervios o una de tomillo para mejorar la circulación.

A mí el título del libro, de entrada, no me convencía nada. Cierto es que  confiaba en el criterio literario y los conocimientos sobre psicología de quien provenía la recomendación, pero Dios y yo hace mucho que no estamos a partir un piñón, precisamente.

domingo, 31 de enero de 2016

LA LENGUA AZUL



No pudo ser porque tenía la lengua azul.

Reconozco que mientras viajaba en el AVE se me pasó por la cabeza la idea. Pero nada más llegar a Madrid calculé las probabilidades que había de que, en 72 horas, dos desconocidos, que en realidad no lo son tanto, se cruzaran casualmente en una ciudad de más de tres millones de habitantes. Eran pocas. Muy pocas.

lunes, 23 de noviembre de 2015

TERAPIA.


Tenía que desnudar su alma pero primero desnudó su cuerpo. Cayeron la ropa y los tapujos. Los tres enganches del sujetador cedieron con un leve juego de pulgares. Y los senos, libres de ataduras, se descolgaron. Quedaron a merced de un libertador que se los llevó pronto a la boca.

Tenía que hacerla gritar de dolor pero primero la hizo gemir de placer. Un grito ahogado que nace de dentro, que quema, que es húmedo. Que se repite como un eco, que se contrae, que palpita.

Tenía que enseñarla a caminar de nuevo, de forma que no se tropezara a cada rato y se lastimara los ligamentos, pero primero le rompió las piernas. A base de golpes. Y durante días le escribió mantras en las escayolas. Frases que ella habría de repetir en voz alta siempre que las viera.

Cuando los huesos sanaron ella descubrió que la tinta había traspasado la escayola y sus mensajes se le habían quedado gravados en la piel. Para siempre.

Tenía que liberar su mente de nubarrones, pero primero se la llenó de pajaritos de colores. Que revoloteaban mucho y cantaban. Que le hacían cosquillas con las alas en el pelo.

Y al poco ella, que no sabía llorar, aprendió a reír. Con una mandíbula floja que olvidó el bruxismo. Con un corazón que dejó de estar arrítmico. Con un estómago de compuertas abiertas. Con ganas. 



Imagen de Esther Morales en http://www.theartboulevard.org/

domingo, 23 de agosto de 2015

DIGNIDAD

microrelato


Como cada mañana, cogió su maltrecha dignidad, la enrolló en un coletero deshilachado, se hizo con ella un moño bajo y salió de casa.


*Publicado en DIARIO SUR

viernes, 14 de agosto de 2015

CUANDO LA VIDA ES PURO SUEÑO.

narcolepsia relato


Vivir no es sólo existir,
sino existir y crear, 
saber gozar y sufrir 
y no dormir sin soñar. 
Descansar, es empezar a morir.
Gregorio Marañón

Natalia decía que, cuando alguien que queremos se nos muere, el dolor nos lacera las tripas y por eso se nos quita el hambre. Decía también, que es fácil reconocer a una persona que ha padecido mucho cuando te la cruzas de frente porque normalmente las tristezas son como una maraña de pelos que se atasca en la garganta y, aunque te dejan hablar, te quiebran la voz.

sábado, 9 de mayo de 2015

A ELLA NO LE GUSTA CÓMO PONGO LOS ALFILERES.


Hoy le he llevado a mi abuela un tupperweare con pechugas mozárabes. Le encanta esa receta aunque ni por asomo intuye que se llama así y que su origen no es español. A mi abuela hay cosas que es mejor ocultarle porque todo lo que le es desconocido le da miedo. Para ella, yo le he llevado un tupperweare con pechugas de pollo troceadas, verduritas, especias y frutos secos. Un plato riquísimo que ha salido de la cabeza de su nieta que es más rara que un día sin pan, dice, pero con una buena mano para los fogones que la llena de orgullo. Por supuesto. Y yo le dejo que crea eso.

miércoles, 1 de abril de 2015

TODOS SE PREPARAN




Lunes de la primera semana de junio. En Los Palacios y Villafranca, un pueblo de Sevilla, el reloj de la segunda parada de autobús marca las ocho y un minuto de la mañana. Justo encima, un cartel publicitario anuncia una oferta de bikinis a 25,99 euros y bañadores de hombres a 19,99 euros en el Corte Inglés. De fondo, la fotografía de una pareja joven, muy bronceados y muy rubios ambos. Ella tiene cintura ancha, caderas estrechas y pecho generoso. Él tiene torso atlético y piernas fuertes. Se ríen mostrando una dentadura blanca de dientes perfectamente alineados. El reloj parpadea. Desaparece la hora y marca la temperatura: 31º.
En la parada hay una veintena de personas esperando el autobús con destino a Sevilla a las que progresivamente se van incorporando gente. Poco a poco, van formando una especie de cola. Unos cuantos charlan entre sí. Otros esperan callados, cambiando continuamente de postura. Otros, incluso, aguardan bostezando.
Un chico que viste traje de corbata pero que no aparenta más de treinta años, se fuma un cigarro. Una chica que está a su lado lo mira insistentemente y cuando éste le devuelve la mirada, ella se pasa la mano por la nariz a modo de parabrisa.

martes, 17 de marzo de 2015

YO Y LAS ZORRAS DE MIS AMIGAS

CAPÍTULO 3: ORGULLO Y PERJUICIO.



               Hace unos días fue el cumpleaños de Urss.

Irina y yo siempre le estamos comiendo la cabeza a Urss sobre lo importante que es para una mujer cuidar la piel de su cara para prevenir los estragos de la edad porque la piel humana, en especial la de la cara, es un órgano de lo más vago que está deseando dejarse caer al menor descuido. Urss no nos suele prestar mucha atención porque ella es una mujer pragmática que se ha hecho fan del aceite de aloe vera y cree que ha encontrado en él su mejor producto multiusos; un producto que lo mismo sirve para las quemaduras solares, las picaduras de insecto o la piel deshidratada. Sin embargo, el día de su cumpleaños algo dentro de ella debió alterarse porque se presentó en Lidl y se compró la famosísima crema antiarrugas de 3 euros. Yo creo que piensa que de la combinación de esos dos “productos milagrosos” surge la fuente de la eterna juventud hecha crema aceitosa.

               De modo que, el día de su cumpleaños, Urss acudió al bar en el que habíamos quedado Irina, ella y yo para almorzar juntas asegurando que acababa de quitarse una arruga del entrecejo que jamás le habíamos visto ni Irina ni yo. No obstante, hay una norma conocidísima del protocolo que rige las amistades no heroicas entre zorras en la que se establece que nunca, bajo ningún concepto, ha de contradecirse a una cumpleañera, así que no  lo hicimos. 

miércoles, 11 de marzo de 2015

PREJUICIOS



Ocurrió en una ciudad con insomnio, llena de bares y sillas en las puertas de las casas al caer la tarde.
En una noche de un verano rezagado, Laura se tiró sobre el colchón de su cama, con los brazos en cruz. Sentía los hombros cargados y la espalda tan pesada que se hundía por segundos en el viscoelástico, como si le hubieran recubierto de plomo el amasijo de vértebras de la columna.

lunes, 22 de diciembre de 2014

FRÍO



Alfonso coge su bufanda del perchero de la oficina y la enrolla alrededor de su cuello. Luego coge el abrigo, se lo pone y se abrocha hasta el último botón.
Sale a la calle. El termómetro de una farmacia marca menos dos grados. Junta las manos, se las frota y las intenta calentar con su aliento, un aliento que se convierte en un vaho helado que no llega a rozar las manos.
El camino que separa la oficina dónde trabaja de su casa es tan corto que se puede hacer caminando y no tardar más de cinco minutos. Vive en pleno centro de la ciudad y la oficina tiene la misma ubicación estratégica solo que unas calles más atrás.
Son las nueve de la noche, parece que va a empezar a nevar porque del cielo cae una diminuta lluvia blanquecina. Si llega a nevar, sería la primera nevada del año.
Como es principios de diciembre, las calles ya están iluminadas con el decorado navideño de cada año y se nota en el ambiente ese bullicio de compradores que empiezan a trastear las tiendas en busca de los primeros regalos.
Alfonso se cruza con varias estatuas humanas. Se detiene frente a una mujer vestida de otra época que, agachada, parece frotar un suelo que no existe.

miércoles, 13 de agosto de 2014

YO Y LAS ZORRAS DE MIS AMIGAS

CAPÍTULO 2: ACERCA DEL COMPORTAMIENTO DE LA FAUNA  EN LAS PISCINAS COMUNITARIAS.




               Este año, hasta hace unos días, parecía que a los sevillanos nos habían quitado el verano y nos pasábamos el día arrecíos. No era normal.

               Urss quería que le escribiera a Iker Jimenez para que investigara tan inusual fenómeno. Ella lo ama platónica y visceralmente. Cada vez que ocurre algo medianamente fuera de lo común en su vida quiere que Iker Jimenez lo reporte. Ya os contaré otro día con mayor detenimiento sobre tan misterioso amor.

               Irina se ha aclimatado hasta tal punto que se hacía la mártir, decía que no había conocido verano más fresco en su vida (y eso que vivió uno en Alemania) y se la pasaba con el cuerpo destemplado.

Yo dormía con pijama de pantalón largo, me despertaba a media noche para ponerme calcetines, me tapaba con la sábana y la colcha y echaba de menos mi nórdico. Más de una vez me tentó la idea de bajarlo del altillo, pero resistí.

miércoles, 30 de julio de 2014

YO Y LAS ZORRAS DE MIS AMIGAS

CAPÍTULO 1: SIN HEROÍSMOS, POR FAVOR.


humor blogonovela

* En la imgen, Urss, una servidora e Irina, respectivamente.


Yo y las zorras de mis amigas somos mujeres modernas y muy profundas de las que usan mascarilla después del champú, saben que la keratina aclara los tintes y leen libros que nunca han sido Bestseller. Además, cuando quedamos, reflexionamos sobre cosas de la vida y hacemos fotos a la comida pero solo las subimos a Facebook, Twitter o Instagram, nada de Pinterest, no somos de esas.

Mis amigas zorras se llaman Irina y Urss. En realidad, tengo más amigas, pero no son zorras, o lo son  con otra acepción del concepto. Ya me entienden.

martes, 27 de mayo de 2014

SOSEGADO DESCANSO



Él le dice que van a llegar tarde. Ella le contesta que eso es imposible porque el muerto está bien muerto y no hay forma de que se eche andar, se vaya a la puerta de entrada de su casa y se quede allí anclado esperándolos con gesto de impaciencia para, al verlos llegar, recibirles con la muñeca izquierda alzada y el dedo índice de la mano derecha tamborileando la esfera del reloj. Él le pregunta si ha terminado de arreglarse. Ella le dice que todavía no porque tiene que echarse su manita de pintura en la cara, no vaya a ser que los allí presentes, al verla tan paliducha, de puro espanto, la quieran velar también. Él se pasea por la casa arrastrando la suela de los zapatos y no es hasta que comprueba que ella ha guardado todo el maquillaje en el tocador cuando se atreve a interrogarla de nuevo: «¿Por fin?». Ella le responde, sin ocultar su desidia, que solo le falta echarse perfume para disimular el olor a muerto que de seguro se le va a pegar en la ropa, porque ese es un olor que se adhiere al tejido más aún que el del tabaco.
De camino, él conduce y ella habla: de la subida de la luz, de las rebajas, de los vecinos y de las maldades de su suegra que siempre se anda metiendo en todo y menos mal que ella  es muy conciliadora y no quiere problemas familiares que si no ya le hubiera dicho unas cuantas cositas que es hora que alguien le diga a esa mujer.
Cuando llegan, descubren que no hay nadie en la casa del difunto y ella sentencia que eso es porque todos deben haberse ido a la misa y que ya sabía ella que lo mejor era ir directamente a la Iglesia.
Él conduce, de nuevo, pensando en el afortunado muerto y su sosegado descanso entre cuatro paredes de madera que para él las quisiera.

viernes, 25 de abril de 2014

MUERTO




Como estaba muerto, cogió la cartera y las llaves y salió de casa.
Fuera corría una brisa fresca que le atravesó las costillas y los pulmones, que no tenía, se le encharcaron de oxígeno.
Caminó por calles desconocidas de las que sólo recordaba el nombre. Se cruzó con gente que se parecía a otra gente de la que había leído.
Mientras el sol le laceraba unas pupilas desacostumbradas, se detuvo a observar edificios de cartón piedra. Entró en uno en el que vendían libros y compró varios.
Desanduvo sus pasos para volver a casa. Una vez allí, se sentó en un sofá de muelles vencidos por los años, abrió un libro y resucitó.


* Publicado en "400 palabras, una ficción". RELATOS SELECCIONADOS DEL I CONCURSO DE MICRORRELATOS LETRADEPALO. Editorial Letradepalo. 2013.

martes, 15 de abril de 2014

FUE UNA TONTERÍA




Andrés palmea la espalda de Joaquín y le dice:
—Anda, que.. ¡menuda has liado!
—Tío, fue una tontería —Joaquín se toca insistentemente la frente.
—Bueno, tranquilo, me lo vas a explicar y espero que me convenzas. Si no, ¡te los corto!
—Tú sabes que yo no soy un cabrón Andrés, en serio que no.
—Ya… Pero no importa lo que yo sepa o crea, sino lo que crea mi hermana. Joder, si solo faltan dos semanas para la boda y ahora esto…
—Carla va anular la boda, lo sé.
—Tío, no pienses ahora en eso. Tú y yo nos vamos a ir al jardín que Carla ha llamado y dice que viene a hablar con mi mujer. Ella no le ha dicho que estás tú aquí porque si lo sabe no viene. Así que mejor que no te vea.
—Pero si nos vamos al jardín nos va a ver cuando venga.
—No, porque lo que te quiero enseñar está en el jardín trasero.
—Está bien.

sábado, 12 de abril de 2014

HA VUELTO A PASAR




Ha vuelto a pasar, Carlitos, como cuando éramos niños y derramaste el frasco de perfume de mamá sobre el sofá. ¿Lo recuerdas? ¡Menuda colleja te dio aquel día!
Hoy yo estaba haciendo un guiso de lentejas para papá porque le gustan mucho lo ricas que me quedan, no como cuando las hacía mamá de mala gana y siempre las terminaba quemando. Había echado todos los avíos en la olla y había puesto el fuego fuerte.
Estaba cansada porque es época de exámenes en la facultad y, entre los nervios y el estudiar, apenas duermo. Mientras esperaba a que el agua empezara a hervir, me senté en la silla de la cocina y así, como si fuera una gallina que había cogido su postura, me quedé dormida. Un rato después, al despertar, ha vuelto a pasar que, como aquel día, toda la casa olía a mamá aunque ella no estuviera aquí.


sábado, 5 de abril de 2014

LA BRUJA DE HANSEL Y GRETEL ES DETENIDA



Al señor juez encargado de mi caso,

Disculpe que me tome el atrevimiento de escribirle, pero entre estas cuatro paredes la humedad se me cala en los huesos y, con la artrosis que tengo, no creo que resista mucho tiempo. Perdone la letra, pero es que las cataratas me nublan la vista como si me hubiera restregado leche en los ojos y a veces escribo que no se me entiende, ¿sabe usted?
Yo sólo quería explicarle mi situación, para ver si me echa una mano, porque a usted le habrán dicho, me imagino yo, todo eso de que soy una bruja y que iba a comerme a un par de huerfanitos, cociéndolos en un caldero. ¡Qué barbaridad! ¡Menudo disparate! Eso es lo que cuentan de mí en los periódicos y en la televisión. Hasta me ha dicho mi vecina Gertrudis, que su hijo, el más chico, el Antoñito, ha visto mis fotos en eso del Internet. Y a mí me han dicho, que en el Internet te ve todo el mundo. Imagínese, ¡qué vergüenza!
Y desde ya le digo, que los periodistas no saben de la misa la media. Así que le voy a contar lo que pasó.