Te voy a pedir un ejercicio de
visualización nada agradable. Imagina que estás cansado y te acuestas para que
un buen sueño te deje como nuevo. Imagina que al poco de tumbarte en la cama,
cuando ya estás medio dormido, abres los ojos y descubres que, salvo los globos
oculares, no puedes mover ninguna parte de tu cuerpo. Te has convertido, sin
saber cómo, en un amasijo de carne y huesos postrado en una cama. Imagina que
te sientes, repentinamente, como un tetrapléjico; tus músculos no responden a
tus órdenes. Da igual si duermes normalmente solo o acompañado, nadie te va a
poder ayudar. Si intentas gritar, tu boca no se va a mover y mucho menos te van
a responder las cuerdas vocales. Podrás ver el techo de tu habitación y el
campo de visión que abarquen tus ojos sin mover la cabeza, nada más. Imagina,
también, que ante la angustia que te produce tal estado, empiezas a sentir que
hay alguien cerca observándote. Puede que solo sea una intuición repentina o,
más probable, puede que termines descubriendo a ese observador anónimo en una
sombra oscura a los pies de tu cama, o en la esquina de tu habitación.
