Como cada año por estas fechas, es junio. Lo sé, acabo de
hacerte un descubrimiento pasmoso.
Hace veintisiete años, la tarde lluviosa de un lunes trece
de junio decidí dejarme caer por estos lares. Dicen que lo de venir al mundo lo
había ido demorando durante casi dos semanas. Pero no debí programar muy bien
mi viaje de llegada porque la cosa se complicó y por poco le doy un billete de
ida y sin retorno a la que me había estado alimentando durante poco más de nueve
meses. Hubiera sido un detalle muy feo por mi parte. Al final, a Dios gracias,
no la lié tan parda.
