Ocurrió en una ciudad
con insomnio, llena de bares y sillas en las puertas de las casas al caer la
tarde.
En una noche de un verano rezagado, Laura se tiró sobre el colchón de su
cama, con los brazos en cruz. Sentía los hombros cargados y la espalda tan
pesada que se hundía por segundos en el viscoelástico, como si le hubieran
recubierto de plomo el amasijo de vértebras de la columna.
