La vida cotidiana en las cárceles españolas: mucho tiempo
libre y pocos ojos vigilando.
Manuel, que por
supuesto no se llama Manuel, tiene los ojos hundidos en la cara surcados por
infinitas venas subcutáneas que lo vuelven ojeroso, su tez es de color ceniza,
y su piel parece fino pellejo que recubre unos huesos desgastados y unas
vísceras podridas. Es drogadicto y portador del V. I. H. Pronto cumplirá
treinta años, aunque pareciera que va a cumplir diez o quince más, su adicción
hace mucho que no deja de echarle años a la espalda mientras lo consume por
dentro, como se van consumiendo las cenizas del cigarro que se está fumando.
Son las ocho de la tarde. Es principios de verano, el sol aún no se ha puesto y en la calle corre
un aire tibio, agradable. Hasta hace cinco minutos, Manuel observaba la caída
de la tarde en el patio de la cárcel. Ahora los dos estamos en una habitación
no muy grande, con dos mesas y algunas sillas alrededor de ambas. También hay
un pequeño baño. Aquí se realizan los vis a vis, pero hoy no es domingo
y Manuel ya ha tenido su vis a vis del mes.
Manuel se enciende el
último cigarro del día, tampoco es habitual que se fume en esta sala.
Charlamos.
