Mi relación con la
televisión ya no es la que era. Ella no
me da todo lo que yo necesito. Y esto no es de ahora, ya viene de largo.
Hace años, cuando estudiaba en la Universidad, empecé a
darme cuenta. En los primeros cursos, yo llegaba de las clases a casa a las
cuatro de la tarde y me apetecía
distraerme un rato mientras almorzaba, pero ella solo me ofrecía el griterío de
cacatúas en programas del corazón o alguna telenovela pastelosa. Me encantan
las series y las películas, pero quería que me pusiera a verlas a eso de las
once de la noche y me tragara infumables dosis de anuncios y, claro, yo no
debía porque tenía que madrugar al día siguiente y no podía andar trasnochando
día sí y día también.
