No pudo ser porque tenía la
lengua azul.
Reconozco que mientras viajaba en
el AVE se me pasó por la cabeza la idea. Pero nada más llegar a Madrid calculé las
probabilidades que había de que, en 72 horas, dos desconocidos, que en realidad
no lo son tanto, se cruzaran casualmente en una ciudad de más de tres millones
de habitantes. Eran pocas. Muy pocas.
