viernes, 14 de agosto de 2015

CUANDO LA VIDA ES PURO SUEÑO.

narcolepsia relato


Vivir no es sólo existir,
sino existir y crear, 
saber gozar y sufrir 
y no dormir sin soñar. 
Descansar, es empezar a morir.
Gregorio Marañón

Natalia decía que, cuando alguien que queremos se nos muere, el dolor nos lacera las tripas y por eso se nos quita el hambre. Decía también, que es fácil reconocer a una persona que ha padecido mucho cuando te la cruzas de frente porque normalmente las tristezas son como una maraña de pelos que se atasca en la garganta y, aunque te dejan hablar, te quiebran la voz.
Ella era así, no creía en apelativos baratos para clasificar las emociones. Estas, afirmaba, se marcan en el cuerpo porque al fin y al cabo no somos más que piel, huesos, vísceras y una sustancia rojiza y viscosa que nos riega de pies a cabeza.
Tampoco creía en Dios. Me dijo una vez, que se negaba a aceptar que pudiera estar parado ahí arriba observando impasible como se iba consumiendo. Siempre se preguntaba, ¿Por qué no me despierta de una vez y por todas aunque sea de un tortazo?
En sus últimos días de vida, pese a su escepticismo, le había dado por retarlo, ¡baja, baja si estás ahí e impide lo que voy a hacer! Dios lo impedía, pero ella volvía a retarlo. Lo hizo tantas veces que al final consiguió lo que quería. Y ahora la hecho tanto de menos...
A Natalia la llamábamos en el colegio “la bella durmiente” porque a veces se dormía de pronto en la clase o en el patio de recreo. A decir verdad, estaba muy poco tiempo dormida, más bien parecía que se hubiera desmayado. Mis compañeros y yo no sabíamos por qué le ocurría eso. Los maestros solo nos dijeron que estaba enferma y que cuando se durmiera no podíamos despertarla, solo intentar que no se golpeara si se caía.
Aunque al principio algunos se reían cuando escuchaban su cabezazo contra el pupitre, a la larga nos acostumbramos a ello y fingíamos que no nos dábamos cuenta.
La mayoría de los maestros la trataban con cierta lástima y hasta paraban unos segundos su explicación para que no se perdiera nada. Digo la mayoría y no todos porque la maestra Consuelo ni le tenía lástima, ni compasión, ni nada que se le pareciera. Cuando la veía dormir paraba la clase, sí, pero para gritarle con desprecio, ¡despierta Natalia! ¡a dormir a tu casa! Si serás vaga…
Natalia,  además, era mi vecina. Estaba enamorado de ella en secreto casi desde que empezamos el colegio. ¡Menudo enamoramiento debía ser! Poco sabía yo entonces de los placeres que regalaba la carne de una mujer. Solo recuerdo que me parecía la más guapa, la del pelo más rubio y los ojos más azules de todo el colegio, y que me peleaba a patadas con mis compañeros de clase cuando se ennoviaban con ella. Tuve que pelearme con muchos porque Natalia cambiaba de novio casi con la misma frecuencia que de calcetines. Algunos ni se llegaban a enterar. Pero yo sí que estaba al pendiente de quienes tenían ese fugaz privilegio. Por aquella época nunca formé parte de su lista de novios. Años después se lo reproché mientras la desnudaba despacio. Ella no se excusó. Rió, me miró a los ojos, me mordió el cuello y... Dios, cómo me duele recordarla...
En verano, su madre montaba una piscina de plástico en la azotea para que se bañara con sus primas. Yo que lo sabía, subía a mi azotea que quedaba un poco más alta que la suya y la expiaba. Mi madre siempre me pillaba en esas andanzas y me daba de collejas para que se me quitara lo pervertido, ¡crío del demonio! ¡Pronto empiezas tú!
Recuerdo la primera vez que la vi realmente enfadada. Aún no teníamos ni diez años. Habíamos empezado a hacer las catequesis y el cura don Fernando Botijo (lo de botijo no le venía en la partida de nacimiento sino en los genes que lo habían hecho bajito y rechoncho), nos repartió a todos un pasaje de la Biblia que deberíamos leer el día de nuestra Comunión. Nos levantaríamos, nos acercaríamos al atril y lo leeríamos en voz alta delante de todos los asistentes. Al llegar el turno de Natalia don Fernando no le dio ningún pasaje porque temía que se quedara dormida delante de todos los familiares mientras leía. Natalia se puso roja, luego morada y luego roja otra vez. Parecía que iba a arremeter contra el cura o cualquiera de nosotros, pero no hizo eso. Esperó a calmarse, se levantó de su sitio y se dirigió con desdén hacia don Fernando, me da igual, yo no voy a hacer la Comunión. ¡Ya no creo en Dios! Luego se fue corriendo con los ojos vidriosos. Tenía tanto carácter que a veces era lo único que la mantenía despierta.
Yo también llegué ese día a casa y le dije a mi madre que no haría la Comunión porque tampoco creía en Dios, pero mi madre volvió a darme una buena colleja y acabé creyendo en Dios, la Virgen María, el santoral entero y los tres Reyes Magos si me apuran.
Como no hizo la Comunión, su madre, queriéndola recompensar de algún modo, le regaló un piano de cola. Tres veces por semana venía un profesor a enseñarle. La escuchaba tocar desde mi habitación. En realidad se la escuchaba desde toda la casa. Llegaba a ser fastidioso pero nunca nos quejamos a los vecinos. Yo porque hubiera soportado el ruido de una taladradora a los pies de la cama por ella y mis padres porque  pobrecilla, habrá que dejarla que se entretenga en algo...
Los años fueron pasando sin que ella se diera cuenta, entre sueño y sueño, de que yo existía. Claro que yo no hacía nada por demostrárselo. En el instituto nos cambiaban de clase todos los años. Nunca coincidí en la suya. Pese a ser vecinos no la veía a penas. Ni si quiera compartíamos el mismo círculo de amigos. Supe que cada vez salía menos. Imaginé que su enfermedad había empeorado.
Poco a poco solo me quedaban de ella rumores y habladurías. Que cuando había excursiones nadie quería sentarse con ella en el autobús porque iba dormida todo el trayecto, que en una clase de arte se había quedado dormida pintando con acuarelas, se había manchado toda la cara y había destrozado la lámina que estaba pintando...
Aunque intentaba aferrarme al recuerdo de una Natalia altiva que había encarado a un cura cuando era una cría, cada vez me costaba más. Llegó un momento en el que la vi como todos, como una pobre chica que nunca podría llevar una vida normal.
Nunca le confesé que llegué a sentir lástima por ella. Creo que no me lo hubiera perdonado. Se me entregaba sin reservas pensando que yo era el único que la veía como una mujer, no como una enferma a la que compadecer.
Probablemente Natalia no hubiera sido más que un recuerdo difuso de mi niñez, una melodía confusa tocada por unos dedos inexpertos al otro lado de la pared. Puede incluso que la hubiera olvidado sino se me hubiera desmayado un día en los brazos. Aquello la volvió a poner en mi camino.
Fue una mañana de junio. Entonces yo tenía dieciocho años, estaba terminando el bachillerato. Volvía de clase y al entrar en mi calle la vi. Me di cuenta por sus ademanes torpes de que se iba a desmayar. No era capaz si quiera de acertar a introducir la llave en la puerta de su casa.
Me acerqué corriendo, casi por instinto, como lo hacíamos en el colegio cuando intentábamos que no se hiciera daño al caer. Llegué justo a tiempo para que se desvaneciera en mis brazos. Sentí que una muñeca de goma se me escurría de las manos, era incapaz de controlar sus extremidades aunque intentó levantarse un par de veces.
No había nadie más en la calle porque eran las tres de la tarde y hacía mucho calor.
Mientras algo dentro de ella luchaba por despertarse del todo e incorporarse yo me fijaba en cuánto había cambiado con el tiempo. Ya nada quedaba de aquella niña a la que expiaba. La mujer que guardaba en las tripas finalmente se había deshecho de la niña, le había ensanchado las caderas, alargado las piernas y le había sacado de las costillas un par de senos generosos. Era preciosa, con esa piel tibia que embriagaba solo con tocarla.
Me enamoré de Natalia de nuevo, no ya como un niño sino como un hombre que soñaba con hundirse en su piel. Entonces no pude contenerme y la besé levemente en los labios. Tenía dieciocho años... Uno se vuelve valiente a esa edad.
Despertó a los pocos segundos, has visto demasiadas películas de Disney, Carlos. No se enfadó, no me pidió explicaciones y lo que era mejor aún, ¡recordaba mi nombre! Está bien, reconozco que el ser vecinos le quitaba mérito, pero a mí me llenó de regocijo.
En agradecimiento me invitó a pasar a su casa. Tomamos un refresco, luego otro y otro más hasta que se nos pasó la tarde. El haber compartido su último desvanecimiento nos daba una especie de complicidad. A decir verdad, yo casi no hablé aquella tarde. Ella me contó, sin que yo le preguntara, todo lo que suponía vivir durmiéndose a cada rato.
Por primera vez le puse nombre a la mal que tenía. Era narcoleptica. Yo no había oído hablar de esa enfermedad. Me contó que era una enfermedad genética que producía ataques de sueño incontrolados a la persona que la padecía. En realidad, no se quedaba dormida cuando se caía al suelo. Su cerebro sencillamente dejaba de controlar a su cuerpo, al igual que lo hace nuestro cerebro al dormir para no escenificar los sueños y hacernos daño. Según me confesó, se pasaba el día luchando contra ella misma en un inútil esfuerzo de intentar no desvanecerse.
Aprecié que no solo su cuerpo había cambiado. Parecía melancólica y cansada, como si le hubieran tirado en la espalda veinte años más.
Me dijo que su vida era como un teatro muy breve, para que se abriera el telón unos minutos había que montar todo un engranaje detrás. Tomaba anfetaminas como si fueran caramelos de regaliz. Dormía siestas interminables pero al despertar siempre tenía sueño. Había abandonado sus estudios el año antes desesperada pues le era imposible aguantar medianamente despierta por las mañanas y estudiar por las tardes. Apenas tenía amigos porque como compañía era muy complicada. No salía de copas ni a bailar como cualquier chica de su edad.
Escuchándola hablar, sentí que tenía esa bola de pelos atascada en la garganta de la que años después me hablaría cuando la até de pies y manos a la cama de nuestro dormitorio.
Su infancia había sido... ¿Cómo la definía ella? Ah, sí. Un jodido vaticinio de lo que sería su futuro. Nunca pudo ir a un parque de atracciones. Nunca había pasado de la piscina de plástico en su azotea y, por eso, no sabía nadar. Lo único que se podía permitir era seguir con sus clases de piano. Se convirtieron en su única ilusión. El resto del tiempo, decía, soñaba con hacer las cosas que no podía hacer.
Caí en una encrucijada de la que no sabía cómo salir. Quería ofrecerle mi hombro, pero tampoco nos unía ninguna relación especial más que la casualidad que nos había reunido una tarde soporífera de verano.
Ella hacía pausas breves en su relato para no atragantarse con su propio dolor. Había conseguido encontrar un pequeño truco para mantener abierto más tiempo el telón en su vida. Le encantaban los juegos de mesa porque durante las partidas no se quedaba dormida. Los médicos le habían dicho que el esfuerzo de concentración al que se veía sometido su cerebro lo mantenían temporalmente “despierto”.
Hasta ese punto de su relato yo no había sabido ni qué contestarle pero entonces se me ocurrió una idea, ¿sabes jugar al ajedrez, Natalia? Fue casi como mostrarle una piruleta enorme a un niño. A Natalia se le iluminó la cara y fue corriendo en busca de un tablero.
Natalia era malísima en el ajedrez, aunque jugaba con mucho entusiasmo como si le fuera la vida en ello. Debíamos resultar una pareja un tanto cómica. Ella concentrada hasta el cansancio por no perder de vista mis movimientos y de seguro por no quedarse dormida justo en ese instante. Yo, batallando en su cuello, intentando no subir la vista a los labios ni bajarla al escote, no me hubiera podido controlar.
Empezó a anochecer sin darnos cuenta. Natalia estaba exhausta, se le notaba en la cara. Se balanceaba en la silla, es que si me quedo quieta sentada me duermo, Carlos. Le dejé ganar la última partida y le dije que me iba, puedes aguantar una tarde entera sin dormirte, lo has visto. Ella parecía tan sorprendida como yo.
A partir de entonces empecé a visitarla todos los fines de semana aprovechando que no tenía clases de piano. Jugábamos interminables partidas. Se volvió una buena contrincante en el ajedrez y me enseñó a jugar decenas de juegos de cartas. En aquel primer verano que pasé junto a ella, su compañía se convirtió en una brisa fresca de la que me hice adicto.
Poco a poco fuimos cambiando las partidas por besos lentos que llevaban a caricias apresuradas. Sus padres nos dejaban solos en casa, creyendo ingenuamente que se quedaba en buenas manos. Y en parte así era, la dejaban en buenas manos claro que sí, unas manos que se aferraban a su cuerpo en cuanto los padres cruzaban el umbral de la calle.
Jugábamos toda la tarde sin tableros ni fichas. En los descansos se solía quedar dormida.
Cuando terminó el verano, me había convertido en una persona totalmente distinta. Sin aquel verano, hoy sería arquitecto. Ya tenía plaza en la facultad que quería. Todo hubiera sido muy fácil. Sin embargo, después de tres meses en los que se me había restregado en la cara una enfermedad tan horrible, no podía olvidarlo y estudiar para construir edificios. No, ya no. Ahora quería ser médico, especializarme en neurología. Era un iluso. ¿Qué digo? Era un patético iluso. Quería encontrar una cura milagrosa para alargar las horas de vigilia de Natalia.
En septiembre ya no había plazas en la Facultad de Medicina de mi ciudad. Tuve que desplazarme cientos de kilómetros. Estaba dispuesto a volver los fines de semana, pero Natalia no lo quiso. Pensó que tenía derecho a llevar una vida de universitario normal. Quería que conociera gente nueva. En el fondo, lo sé, quería ponerme a prueba, ver si después de conocer a otras chicas la seguía prefiriendo a ella.
Estudié medicina todo lo rápido que pude. Conocí a muchas chicas y, no mentiré, ahora no tendría sentido, tuve algunas relaciones breves. Eran relaciones vacías que no me aportaban nada. Todos los veranos volvía a mi casa, me esperaba mi familia y ese pequeño oasis en casa de los vecinos, Natalia.
Mi familia me apoyaba, aunque a veces escuché a mi madre cuchichear, esa es una relación enfermiza, ojalá no acabe mal.
Lo malo de mí vuelta los veranos era constatar que Natalia se iba desgastando cada vez más. Me agobiaba saber que se había iniciado una carrera contrarreloj.
Finalmente, conseguí plaza como Médico Residente en un Hospital de mi ciudad. Llegados a ese punto tenía dinero y tiempo. Estaba cansado de una vida a medias. Así que tomé una determinación. Decidí obligarla a hacer lo que el resto del mundo aunque fuera con ayuda. Se acabó eso de jugar a los amantes en verano. Aceptó a regañadientes. Hicimos algunos pequeños viajes, se dormía en el coche, pero ¿quién no lo hace? Si visitando algún lugar te desmayas, si te duermes o lo que diablos sea que te pase, yo te esperaré Natalia.
Muchas noches salíamos a cenar cerca de casa, o a dar un pequeño paseo.
La llevé hasta a la playa un par de veces. Paseábamos por la orilla como una pareja normal.
Además, se empeñó en dar clases de piano a un par de niños revoltosos que la mantenían bien despierta. Necesitaba sentirse útil, así me lo dijo.
Fue una buena época. Quitando nuestro primer verano, es la mejor que recuerdo con ella. Se la veía feliz. De seguro en más de una ocasión hasta se olvidó de que estaba enferma.
Natalia no hablaba del destino, supongo que como en Dios, no creía. Yo sí creo en él. Mi destino era ella y el de ella sufrir.
Cuando teníamos veintiocho años, sus padres murieron en un accidente de tráfico, ahí terminó su buena racha. Como no tenía hermanos, se quedó sola.
Lo malo de las muertes es que al principio son muy teatrales. Se monta la parafernalia. Todos echan de menos a los muertos y pareciera que tanto familiares como conocidos están dispuestos a cubrir su ausencia, pero cuando pasa el tiempo hacer el trabajo de otros se vuelve una labor muy tediosa.
Alguien como Natalia no podía vivir sola, así que yo me mudé con ella.
Tenía que dejarla sola muchas horas porque yo trabajaba. Mi madre, por aquello de que las madres están hechas de otra pasta, adoptó a Natalia. No con papeles, sino con las ganas. Nos hacía de comer, nos ayudaba con la casa y la visitaba cuando yo no estaba.
Juro que luché por darle vida a mi manera. La maldita cura milagrosa se me resistía, aún hoy se me resiste.
Desde la muerte de sus padres Natalia se fue apagando. Llegó a un punto en el que no podía estar despierta más de tres o cuatro horas al día. Ni por esas consintió en dejar de trabajar dando clases de piano.
Todavía la amaba tanto que me volví egoísta. Odiaba a esos condenados críos que me arrebataban una hora de las pocas que tenía para estar con ella.
Mientras yo vivía como un mortal más con sus esplendorosas veinticuatro horas diarias que repartía a gusto: ocho para dormir, ocho para trabajar y suman dieciséis, dos para comer y una para ducharme y arreglarme, otra para ir y volver al trabajo y van veinte ¿y las otras cuatro? Una para esperar a Natalia y tres para amarla.
Tres míseras horas diarias era de lo que disponía. Sus familiares concertaban citas para verla y yo los también los odiaba cuando se alargaban y me quitaban parte de mis tres horas. Les quitaba el café de las manos e intentaba echarlos aludiendo a un cansancio que no tenía Natalia sino yo de tanto esperarla.
Todo estaba programado para no perder ni un segundo. Los horarios de la medicación estaban minuciosamente estudiados para mantenerla despierta en las tardes. Si se despertaba en las mañanas, que era cuando yo trabajaba, luego se dormía y ya habíamos perdido un día. Eso de lunes a viernes, porque el fin de semana sí que era una espera larga. Me levantaba y desayunaba leyendo el periódico. A Natalia le gustaba estar enterada de lo que ocurría fuera de la cárcel: nuestra casa. Rodeaba con un círculo las que me parecían más interesantes o divertidas; no había tiempo para leerle todas. Preparaba sus platos preferidos y me sentaba en el sofá a esperar que despertara. Vivíamos nuestras breves horas hasta que la volvía a su mundo, el onírico, y yo me quedaba solo de nuevo.
En sus escasos minutos de vigilia pensaba cada vez más, ¿tiene sentido vivir así?, ¿Carlos tú se lo encuentras?
Se cansó de luchar. Empezó a cometer estupideces para desafiar a Dios, decía. Un día tenía que coserle las venas y al siguiente lavarle el estómago. Aunque como suicida era pésima, me preocupaba que tarde o temprano pudiera conseguirlo así que por desesperación tuve que atarla a la cama.
La Natalia atada no era Natalia. Por momentos me escupía en la cara lo mucho que me odiaba o me confesaba cuánto me amaba. Algunas veces desvariaba y otras era tremendamente locuaz. En esos diez días en los que permaneció atada empezó a filosofar, que si la bola de pelo en la garganta o las tripas laceradas, que si el sol saldría cada mañana aunque ella estuviera muerta, déjame ser carroña al menos Carlos, que mi cuerpo sirva para algo, cásate y ten hijos Carlos, prométemelo Carlos, joder prométemelo, eres un desgraciado ...
Dos veces al día la desataba y la llevaba al baño. No tenía fuerzas para salir corriendo. Como se negaba a comer, la mantenía a base de suero. Hasta en cinco ocasiones se arrancó la vía con la boca, pero no la ataba con los brazos más alejados de la cara por no lastimarla.
A lo mejor no fue buena idea eso de obligarla a vivir diez días más de los que le tenía preparados su propio destino. Solo alargué el sufrimiento. Pero yo no lo sabía entonces. Deberíamos traer la fecha de caducidad tatuada en las palmas de la mano, nos ahorraríamos tantas fatigas...
Tuvo un paro cardíaco mientras dormía. No me di cuenta hasta la mañana siguiente, al fin y al cabo me había acostumbrado a dormir junto a un cuerpo podrido, podrido de sueño y desgana.
No resultó tan romántico como en las películas. No nos despedimos la noche antes, ni yo salí a la calle a gritar desesperado cuando vi que no respiraba. Se rompió el engranaje que abría el telón cada día. Tan simple como eso. Pero el sol siguió saliendo para el resto del mundo  tal y como ella había vaticinado.

Ahora, que no la tengo, he aprendido a ver como se clavan las emociones en el cuerpo, igual que lo hacía Natalia. Por las mañanas despierto con su recuerdo incrustado en la sien, me baja hasta la tráquea a las nueve con la primera paciente aquejada de migrañas y a las tres cuando me voy de la consulta ya lo tengo macerando con los jugos gástricos en el estómago. Cuando ceno, las piernas se me ponen pesadas y hasta me crujen las rodillas pues suele quedarse enganchado en las rótulas. Llego a la cama arrastrando los pies, en los talones su recuerdo pesa mucho. Me cobijo con las sábanas y lo dejo en las babuchas pero al siguiente día vuelta a empezar.

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