jueves, 5 de junio de 2014

LAS 48 HORAS DURANTE LAS QUE ESTUVE MUERTA




Un día decidí morirme. Me han preguntado muchas veces por qué lo hice y he dado muchas excusas: porque estaba baja de ánimos, porque me asfixiaba el día a día, porque ya nada me ilusionaba… Pero todo eso son puras patrañas. Estaba harta.

Me había cansado del bombardeo abusivo de la gente asquerosamente positiva que me rodeaba, esa que siempre andan vomitando frases célebres de aliento: las ponen en el muro de todas, y digo bien, todas sus redes sociales o te las cuelan en las conversaciones. Como si por repetirte esa sarta de estupideces tu vida, tu jodida vida, fuera a cambiar en algo. Los Paulo Coelho del ciberespacio, esos que uno se pregunta en qué momento tan poco acertado de la vida los viniste a conocer o por qué no te has deshecho ya de ellos. Leerlos hace que me salga sarpullido. Y no me ayudan en nada… “El Universo conspira por ti”, dicen, ¡y una mierda! El Universo se comporta como le viene en gana, expandiéndose cada vez de forma más acelerada, o eso dicen los científicos,  y Dios, menudo patán, de existir no es más que un titiritero que se descojona con todas nuestras meteduras de pata y con nuestro sufrimiento. Sobre todo con esto último.

Ahora que me releo me doy cuenta de que eso de morirme no me ha servido para mucho y sigo tan negativa como siempre, aunque al menos yo no escupo mi negatividad a la gente, dejo constancia de ella en lo que escribo pero es que de alguna forma tengo que limpiarme las entrañas. Sin embargo, la higiene de mi espíritu no mancha el de los demás. Hay gente muy negativa en el mundo que disfrutan llenándote de mierda, son esos cerdos que barren su casa y guardan todas las pelusas debajo de una moqueta tuya. ¡Odio a ese tipo de gente más aún que a los frustrados Paulo Coelho! Parásitos o vampiros, no tienen otro nombre, te chupan las ganas de vivir y se alimentan de ello.

Era lo que más me sacaba de quicio: no tener suficiente con mis miserias sino que, además, tenía que andar enfangada con la de los demás.

Por eso, porque estaba ya sin fuerzas para soportar toda la basura ajena que me colaban por las pantallas, decidí morirme y descansar por fin.

No fue una muerte aparatosa, no me até una soga al cuello, no me lancé desde el balcón o la azotea ni me abrí las venas.  Fue mucho más sencillo. Me encerré en casa, apagué el wifi y el móvil.

Recuerdo que era sábado y hacía buen tiempo. Había salido a comprar el pan y algunas vituallas para pasar el fin  de semana. Mi última aparición online había consistido en responder a un par de whatsapps antes de mis compras.

Como no esperaba mucho de la televisión, también contaba con un libro para entretenerme: 1984 de George Orwell.

El resultado no se hizo esperar. A las pocas horas mis contactos empezaron a preocuparse por mi ausencia en las redes. Los más cercanos comenzaron por enviarme mensajes «¡Estás perdida hoy!» que con el tiempo fueron siendo más del tipo «¿Dónde andas metida?». Yo, por supuesto, no me enteraba de nada de eso.  A decir verdad me pasé gran parte del sábado dormitando en el sofá y leyendo entre cabezada y cabezada.

El domingo me levanté tarde pero muy despejada. Desayuné viendo reposiciones de programas nocturnos y sin darme cuenta los acabé enlazando con los culebrones de la tarde. A esas horas ya me preguntaba si alguien se había dado cuenta de mi ausencia y había empezado a extrañarme. Debo reconocer que sentía cierto regocijo al pensarlo, «A ver quién es el idiota que arregla ahora vuestras vidas». El resto del día lo pasé leyendo la novela de Orwell aunque no me dio tiempo a terminarla.

En la mañana del lunes, después de desayunar, decidí resucitar y encendí el móvil. Al instante recibí un aluvión de mensajes. Los del domingo ya eran más melodramáticos «Tía, ¿te ha pasado algo? No sé, como no se te ve el pelo por aquí, es raro… Avísame cuando leas esto, al menos para asegurarme de que sigues viva je je». Pero toda esa preocupación tan solo pululaba por el ciberespacio y ninguno de sus remitentes hizo la sencilla comprobación de encaminarse a mi casa para ver qué tal estaba. Durante el fin de semana no me visitó nadie y eso que debo reconocer que en mi fuero interno lo deseaba.

Paradójicamente, mi vecino de enfrente, el carpintero, al que todo el mundo llamaba tal que así pese a que hacía muchos años que se había jubilado, murió, en la cama de un hospital el mismo sábado en el que decidí desconectar mi yo cibernético. Como él no tenía apenas familiares, ni hijos, un primo lejano se encargó de su entierro al día siguiente, domingo. Los vecinos de su calle, entre los que me incluyo, no nos llegamos a enterar de su muerte hasta pasados unos días y dicen que a su entierro no acudió ni una decena de personas. Parece casi imposible que pueda pasar algo así en un pueblo en el que todo el mundo se conoce. Pero es que él no tenía perfil en redes sociales, ni su primo.


De esto ya ha pasado un tiempo y la verdad es que siento que necesito otra muerte de esas para volverme a desintoxicar un poco, quizá lo haga mañana, o pasado porque, como acabo de ver en el muro de una amiga, “morir mañana es tan bueno como morir cualquier otro día”.

*Publicado en EL COTIDIANO

5 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Es un placer leerte ,que sepas que tienes una seguidora más..!!

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  2. Fantástico! Simplemente es genial ;) Vivimos en un mundo de preocupaciones ficticias que se reducen a un mensaje o a un correo... nadie toca a nuestra puerta real, solo a las teclas de la pantalla digital.
    Yo creo que también voy a decidir morirme un tiempo cuando termine mis trabajos... a ver si, realmente, alguien me echa de menos.

    Abrazos :)

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  3. Es un placer leer tus comentarios, Lucía. Lamentablemente, así es... Aunque también gracias a esas muertes cibernéticas una puede hacer una criba y saber quienes realmente están en nuestra vida y quienes solo juegan con nosotros al otro lado y al final no son más que un nombre en una pantalla.

    Abrazos, desde la pantalla xD

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