sábado, 19 de diciembre de 2015

LAS PERSONAS CON COMPLEJO DE TURRÓN POR NAVIDAD


Siento ser yo quien te lo diga pero, probablemente, a estas alturas de diciembre ya hay alguien que está planeando amargarte las Navidades solo para sentirse mejor.

A menudo ocurre que, durante el año por un motivo u otro y de forma más o menos intencionada, alguien desaparece por la puerta de atrás de nuestras vidas. Se va sin hacer mucho ruido, sin despedirse. Pero, en realidad, sabes que se va porque le apetece, le conviene, o has dejado de serle útil. Sea como sea, se va sin que lo eches.

Al principio duele y te haces preguntas: ¿Cómo ha podido hacerme tal cosa? ¿Y se va a ir sin más? ¿Solo estaba en mi vida por conveniencia?

Incluso pasas por las dos primeras fases del duelo: negación primero, no, no, debe haber una explicación, no puede ser así la persona a la que yo estimaba; ira después, ¡menudo/a gilipollas! Aunque luego, consciente de lo absurdo de la situación, te saltas el resto de fases y vas directamente a la última: aceptación. Hay personas que solo están en nuestras vidas de paso. Quizá nos han aportado algo bueno antes de marcharse o quizá lo único que nos dejan es experiencia para no volver a cometer el mismo error. Eso es ya de por sí una gran aportación. Entonces continúas con tu vida.

Y todo va bien hasta la tarde noche del 24 de diciembre, cuando a ti ni se te pasa ya por la cabeza esa persona y estás liado en la cocina preparando la cena de Nochebuena, tirado en el sofá tragándote la poco original programación navideña o preparándote para ir a cenar a casa de algún familiar —lo típico, vaya—, y justo en el momento menos esperado suena tu móvil: esa persona reaparece. Te envía un protocolario mensaje de felicitación navideña. De seguro, uno muy parecido al que va a enviar a otros contactos. Nada personal. Una felicitación de las típicas con la mezquina intención de, aprovechando las fechas de supuesto amor y buen rollo, hacer correr un tupido velo sobre su alejamiento y quedar bien. Puedes traducir el mensaje más o menos así: «Hola, idiota. Me porté mal contigo y, en vez de disculparme, hui como buen/a cobarde que soy, pero hoy es Nochebuena así que te envío un mensaje de mierda, porque ni eso me voy a currar, para demostrarte que por mi parte no hay ningún problema en que retomemos la amistad/relación y finjamos que nada ha pasado». A ti en ese instante se te queda cara de gilipollas integral y lo único que te nace responder es algo como: « ¿De qué vas, tío/a?».  Pero claro, no lo haces porque quedarías mal, porque lo políticamente correcto es que tragues saliva y aguantes solo por la estúpida justificación de que es Navidad. Si no quieres quedar como una persona desaborida y rencorosa, tienes que contestar con algún otro mensaje insustancial de agradecimiento y felicitación navideña. 

Lo del mensaje que no esperas, de alguien que se fue, me va a ocurrir a mí estas Navidades y te ha ocurrido o te va a ocurrir a ti alguna Navidad. Pasa más de lo que uno cree. Hay muchas personas con complejo de turrón por Navidad.

Lo más triste es que esa persona no vuelve a nosotros porque nos eche de menos, lamente habernos hecho daño y quiera disculparse. Esa persona vuelve porque, sabiendo que actuó mal, tiene cierto reconcome en la conciencia y quiere que tú lo/la alivies sin tener que esforzarse lo más mínimo. Es tan injusto… Nos hace daño. Se va. Y, por si fuera poco, regresa para que nosotros le limpiemos la conciencia aunque sea con unas cuantas y vacías palabras: «¡Feliz Navidad! ¡Qué lo pases genial y disfrutes esta noche con la familia!».

Se supone que una persona es madura emocionalmente cuando no guarda rencor y perdona y bla bla bla. ¿Es un signo de madurez emocional el que uno tenga que ponerle la otra mejilla a quién lo lastimó? Todos, como humanos que somos, podemos equivocarnos en un momento dado de nuestra vida y hacer daño a otra persona. Por supuesto. Pero cuando hacemos algo mal solo tenemos dos opciones: o lo solucionamos, o aprendemos a vivir con ello. No hay una vía de escape intermedia: un mensaje estúpido a modo de borrón y cuenta nueva. No. Eso no está bien. Ni es justo. ¿No es, acaso, mayor síntoma de madurez emocional el que uno —puede que incluso por primera vez— se plante y diga: «Me quiero lo suficiente como para no permitir que alguien entre y salga de mi vida a placer, según le convenga, sin importarle el daño que me haga y sin dar ninguna explicación»? Reconozcámoslo: ni tú ni yo tenemos ninguna obligación moral de ayudar a que no se sienta mal alguien que te hizo daño y no puso remedio. Es estúpido. También hay que aprender a decir no. NO. No voy a entrar en ese juego de falsa amnesia navideña.

Hay que ser realista: una persona a la que realmente le importas no actúa de forma tan cobarde, esperando a que pase el tiempo y pueda reaparecer en una fecha señalada para no tener que dar la cara por lo sucedido. Engañarse pensando lo contrario es quererse poco. Cuando quieres a alguien, de la manera que sea, nunca antepones tu cobardía a esa persona.

Hay quienes nacemos con el botón de avance anclado en la glándula pineal. Se nos reconoce por pequeños detalles que suelen pasar desapercibidos.


Por lo que, habiéndolo visto, hago retroceso y le doy al pause. Se acerca el 24 de diciembre, así que, y como diría mi madre: el que se va sin que lo echen, que no vuelva sin que lo llamen. 

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