sábado, 10 de mayo de 2014

LE TIRÉ UNA PIEDRA PARA QUE DEJARA DE CANTAR




Aquel día, le tiré una piedra para que dejara de cantar.
No entendía cómo era posible que aún no se hubiera dado cuenta.
Hacía una semana que lo tenía detrás, como a una sombra. Pero claro, le bastaban un par de cervezas para convertirse en una vieja cotorra que no paraba de rajar. No era más que un crío con cuatro pelusas en el bigote y pensaba, el pobre ingenuo, que iba a salvar al país sólo por la boca.
Él se giró siguiendo la trayectoria de la piedra hasta que sus ojos se encontraron con los míos. Al verme, la tez le fue cambiando de color para camuflarse con el blanco sucio de la pared, siempre le pasaba lo mismo cuando me veía.
Se agachó a recoger la piedra porque la reconocía, era de esos pedruscos de harina que hacía su padre y a los que tenía el descaro de llamar pan.
—¡Coño, Carlitos, qué mala cara tienes! Ni que hubieras visto un fantasma —le dijo Cosme en tono jocoso mientras le lanzaba otra cerveza dejando que la espuma se derramara del vaso y ensuciara la barra.
—Peor Cosme, lo que he visto es a la bruja esa, la que duerme en la cama del que los entierra —Carlitos ladeó la cabeza, como queriéndome señalar.
—Te he dicho mil veces que a ella aquí ni se la nombra. Ya estás bebiendo demasiado. Te terminas esa y te largas —Cosme zanjó el tema el tema ahí y me hizo un ademán con la mano.
Me acerqué a la barra y le dí una garrafa vacía a Cosme para que me la llenara, él me guiñó un ojo. Le reconforta saber que puede pagarme el favor aunque sea con unos litros de vino un par de veces por semana. Debe parecerle poco y siempre me invita a una tapa o me da una bolsa con un trozo de queso y algo de chacina.
Es curioso, si estuviera casada con el farmacéutico o el médico del pueblo, dirían de mí que tengo manos de santa, pero como vivo con Mario en la casa del cementerio, no voy a la Iglesia y curo a la gente con hierbas y ungüentos, soy una bruja. A mí no me molesta que piensen eso, tengo escoba y el pelo desgreñado, aunque mi nariz es demasiado chata para meterme en el papel de las brujas de los cuentos. Claro que esas no son como las de verdad, siempre andan haciendo maldades o echando a volar.
Lo que no soporto es la sarta de estupideces que dicen de mí. Que si soy yo y no Mario quien los entierra. Que si les quito las ropas para luego venderlas y qué se yo cuantas cosas más.
Las mejores historias las cuentan los niños, con esas hasta me divierto. Dicen que les doy brebajes a los muertos para que revivan, y que una vez vieron salir corriendo calle abajo desde el cementerio a una especie de zombi. Creo que deberían dejar de repetir todos los veranos el mismo teatrillo de Frankenstein en la plaza.
Antes de la guerra, cuando España era una y no dos, Mario también me tenía miedo, a veces yo llegaba a casa y le avisaba: cariño, prepara un lugar bonito para... Nunca me dejaba terminar, salía corriendo decía que no lo quería saber.
Me sucede desde niña, cuando una persona tiene los ojos como hundidos en la cara, los parpados negruzcos y las ojeras muy pronunciadas, sé que les va a pasar porque es algo que solo yo puedo ver.
Ahora que la guerra ha terminado, ya no aviso a Mario para no enloquecerlo aún más, de todas formas todos van al mismo lugar, si la fosa es una, no hay más ¡Qué importará!
Siempre he pensado que la muerte no debería hacer trabajos en masa. Mira que eso de segar deprisa frente a un muro puede dejarse algún hierbajo detrás al que sea difícil arrancar la vida.
A mí me gustaba mirarlos a los ojos aunque tuviera que buscarlos en un rostro desfigurado y luego gritarles ¡Levántate y camina! Por si acaso…
Un día hubo uno que se levantó y caminó y ¡vaya que si caminó! Luego volvió a caer pero de puro cansancio, porque los muertos cuando caminan se cansan pronto.
En el fondo, todos en este pueblo son muy ingenuos, nadie imagina que les sirve los chatos y las cervezas el monstruo que yo creé. Que no lleva peluquín para disimular una calvicie incipiente sino para tapar la cicatriz de la bala que le acarició la sien sin atreverse a entrar.
Él juró no recordar nada de su pasado. Era francés eso resultaba innegable pero sabía hablar español sin que casi se le notara el acento. Tampoco es muy difícil de imaginar cómo llegó aquí y acabó en la tapia de un cementerio. Yo, por supuesto, juré no haberlo visto levantarse de entre los muertos, no haberle curado las heridas y no haberme pasado varios meses poniéndoles compresas de alcohol mientras deliraba por la fiebre.
Después de tanto perjurio se marchó sin más, eso sí, prometiendo saldar de algún modo la deuda que tenía conmigo. Por aquel entonces, yo creí en sus palabras tanto como en su amnesia.
Lo que son las cosas, tres meses después reapareció convertido en Cosme que se ve que es un nombre español de los que no llaman la atención. Debía tener contactos cerca. Volvió empeñado en devolvernos el favor aunque sea llenándonos el buche ahora que casi todo el mundo lo tiene vacío.
Carlitos se terminó la cerveza y salió corriendo como alma que lleva el diablo, nunca mejor dicho. Su sombra dejó unas cuantas perras en la mesa e hizo lo mismo.
—Hasta mañana Carlitos —le dije cuando lo sentí pasar por mi lado en dirección a la puerta, aún a sabiendas de que no me estaba oyendo.
Cosme adivinó el significado de mi despedida y de la impresión se le cayó la garrafa derramando todo el vino. ¡Condenado gabacho! Al final le había terminado cogiendo cariño al crío.




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