martes, 22 de abril de 2014

YO, LA COBARDE CON ZAPATOS DE TACÓN




A mí misma, que me desconozco como a la más extraña de las personas,
Dice la doctora Bosh, mi psicóloga, que cada vez que me ocurra algo que ponga en jaque mis nervios, debo escribirme, al otro día, una carta narrando lo sucedido y las sensaciones que me ha provocado, para que, a fuerza de releerla, me empiece a conocer, sepa cómo funciona mi psique y todo el rollo ese. Dice que, así, mi yo futuro leerá a mi yo pasado y recordará lo sucedido pero que, cuanto mayor sea la distancia en el tiempo entre los dos, más difícil será el acople visceral. Quiere demostrarme que el tamaño de nuestros problemas, a menudo, es directamente proporcional a la cercanía desde la que los observamos. Ella piensa que de este modo podré restarle importancia a esos infortunios cotidianos  que no hacen más que llevar a ebullición mi sangre. Yo no la creo; no confío en que un poco de tiempo termine con el chapoteo intravenoso que hoy me acucia, pero soy (¿aún lo eres?) una paciente modélica y cumplo escrupulosamente sus mandatos.
Ayer (el ayer de la Eva que escribe que no es el ayer de la Eva que lee estas líneas), fue uno de esos días en los que me levanto sabiendo que algo va a salir mal. Lo noto en el aire que tiene un aroma como metalizado y lo noto en el pecho porque siento como si una costilla se me hubiera hundido y estuviera arañando ese músculo del tamaño de un puño que me riega de pies a cabeza.
Me vestí como se viste una para esos días en los que sabe que algo va a salir mal: con unos zapatos de tacón de los que hacen rozadura en los dedos meñiques, un vestido ajustado de los que al ponérmelos, las costuras impertinentes van gritando a los cuatro vientos que envuelven un cuerpo que vivió tiempos mejores, unas medias de las que amenazan con correrse por un agujerito el cual yo, ingenuamente, había creído proteger con una capa de esmalte de uñas que lo único que había hecho era dejarla pringosa  y ahora se me pegaba en el muslo, unas braguitas de encaje de las que pican en las ingles y un sujetador push up de los que clavan los aros en las costillas y al menor descuido se deshacen  de una teta tuya y la dejan danzando impúdicamente.
Para mayor incomodidad, cogí un bolso pequeño que, casualmente, era el único que combinaba con mi “outfit” y como no me cabía apenas nada en él (además, ya de por sí lo tenía abarrotado porque soy de esas mujeres que se sienten seguras si llevan mil cosas estúpidas colgando del hombro) tuve que llevar en las manos la carpeta con las fotocopias de los exámenes que tenía que hacer. Ayer me tocaba examinar, sobre el descubrimiento y la conquista de América, a noventa adolescentes, repartidos en tres clases.
De esta guisa y enfadada ya de buena mañana con el mundo, reté a mi suerte de las todas las formas estúpidas que se me ocurrieron antes y después de salir de a la calle: abriendo un paraguas dentro de mi casa, derramando sal,  pasando por debajo de una escalera y dejando que Rasky, el gato negro, negrísimo, de la vecina, se me cruzara en el portal.
Nada más salir empezó a caer un aguacero y el paraguas que había inspeccionado en casa, a la postre, resultó que escondía una varilla rota que terminó por despegarse de la tela e hizo que se volviera del revés por el viento y me pusiera empapada de arriba abajo aunque de casa al instituto no haya más que, como mucho, cinco minutos de caminata a paso lento. ¿Y qué sentía? (la doctora Bosh me ha aconsejado que me haga y responda este tipo de preguntas) Sentía los dedos de los pies empapados,  frío en todo el cuerpo y dolor en las costillas (por los nervios o por el sujetador, no atiné a averiguar la procedencia exacta de tal molestia).
El despacho de profesores, como siempre, olía a café recién hecho. Me hubiera venido muy bien una taza de café para entrar en calor, despabilarme un poco y acallar los ruidosos lamentos de mi estómago al que aún traía en ayunas, pero ayer, cuando llegué, ya se había terminado aquella ambrosía y, en los pocos minutos que quedaban hasta que empezaran las clases, o preparaba más o me secaba un poco. Opté por lo último sirviéndome de unos pañuelos de papel, sin mucho éxito,  dicho sea de paso.
La primeras horas de la mañana fueron desesperantes. Tres horas seguidas haciendo exámenes a los tres grupos de primero de la E.S.O a los que doy clase. Tres horas soporíferas de pasear entre sus pupitres vigilándolos mientras me recreaba en los muchos volcanes de pus que atesoraban aquellas caras, algunas con sus primeras pelusas a modo de bigotes y  otras mal coloreadas de maquillaje por manos inexpertas.
Los tres exámenes eran repeticiones exactas porque, en esta ocasión, no me había esmerado ni en cambiar algunas preguntas. No lo hice por pereza sino porque la tarde anterior mi mente solo estaba anclada en la cita que ayer tenía a media mañana. Le había prometido a Gabriel, el director del colegio y profesor de francés, que me encontraría con él en su despacho, a la hora del recreo, disque para hablar de “ciertos asuntillos” de mis alumnos.
Yo sabía lo que iba a ocurrir en realidad: después de meses de miradas melosas en la sala de profesores, bromas infantiles cuando me encontraba por los pasillos y piropos entre susurros, decidiría dar la estocada final e invitarme a salir.
Me asqueaba imaginar la temida escena cuando aquel petulante que me aventaja quince años en el carné de identidad y unos treinta kilos en el cuerpo, se me acercara mareándome con su asqueroso aliento y me hiciera su absurda propuesta. Ideé una elaborada parrafada que pretendía soltarle a bocajarro para rechazarlo tajantemente. Quería llevarla ya pensada porque sabía que, por aquello estar conteniendo las arcadas, las palabras se me trabucarían si no las llevaba muy preparadas.
Todo para nada porque, cuando lo tuve frente a frente, los ovarios se me engurrumieron de puro terror (a mí es que ese hombre siempre me ha dado muy mal rollo, como si tuviera un lado oscuro y perverso que escondiera entre sus mieles pegajosas, como si fuera capaz de intentar conseguir por la fuerza lo que yo le iba a negar) y me comporté como la cobarde que soy. Antes siquiera de que Gabriel se hubiera envalentonado, aproveché la enésima llamada del día de una compañía telefónica que quería ofrecerme un descuento estupendo en mis llamadas y tropecientos megas adicionales en el internet de mi móvil, para fingir que estaba hablando con un supuesto novio que inventé sobre la marcha. Fue patético y lo reconozco.
Gabriel simuló no darle la mayor importancia y ni si quiera me preguntó por esa supuesta pareja de la que yo jamás había hablado antes. Supuse que su orgullo se le había quedado atorado en la tráquea, asfixiándolo, y que por eso no preguntaba aunque se estuviera muriendo de la curiosidad.
Mantuvimos durante diez minutos más una charla absurda que a todas luces acababa de perder toda su razón de ser y luego dio por concluida nuestra reunión (ya no era cita),  alegando que tenía que hacer una llamada.
Sabía, porque esas cosas las intuye una mujer, que aún no había dicho su última palabra y que no me zafaría tan fácilmente de él.
Esa tarde habíamos acordado, algunos profesores, quedarnos a corregir exámenes frenéticamente y así dejar terminadas las actas de notas para el día siguiente. Gabriel no tenía por qué haberse quedado ya que él había hecho sus últimos exámenes hacía días y me constaba que ya los había corregido, sin embargo, nos acompañó con la excusa de aprovechar la tarde para aligerar papeleo administrativo.
Durante toda la tarde me dedicó miradas lascivas de soslayo. Yo las esquivaba a la vez que contenía las ganas de rascarme las ingles, me despegaba las medias o me descalzaba disimuladamente. Tenía un mal presentimiento y la certeza de que aquel día, marcado por el infortunio desde su comienzo, iba a acabar mal. Estaba convencida de que no se había tragado mi triste teatro telefónico y lo único que estaba haciendo era ganar tiempo para pescarme desprevenida.
Poco a poco, mis compañeros fueron terminando y marchándose a casa, mientras que mi montaña de exámenes menguaba tan lentamente que parecía que no iba a terminar  nunca.
Como estaba tan enfrascada en mis correcciones intentando aligerarme todo cuanto me era posible, acabé por quedarme sola sin darme cuenta.  No reparé en ello hasta que se me terminó la tinta de un bolígrafo y, al ir a buscar otro en el bolso, me di cuenta de que en la sala solo quedábamos Gabriel y yo.
Asustada, con un pellizco en el pecho que esta vez reconocía que no era de mi sujetador, me levanté de un salto y le dije que me marchaba porque tenía una horrible migraña. Le prometí llevarme los exámenes a casa y corregirlos en cuanto se me pasara un poco. Le enviaría las notas por correo electrónico para que las tuviera a tiempo.
Gabriel se me acercó corriendo, «¿Ya te vas? ¿Por qué no esperas un rato? Quizá sea poca cosa y se te pase con un ibuprofeno. Te puedo dar uno, guardo una caja en mi despacho. Y luego te invito a cenar y así nos despejamos que falta nos hace».
 Me clavó el aguijón. ¡Había estado esperando toda la tarde! ¡Lo sabía! Ahora estábamos solos, ¿y si se atrevía a hacerme algo? ¿Cómo me iba a defender yo con una ropa que me amorcillaba y unos zapatos que me dejaban media coja?
Cogí mi bolso y salí corriendo sin importarme lo descarado de mi huída.
No había cruzado aún la puerta de salida del instituto cuando oí que me gritaba, «¡Espera, Eva, no te vayas!». Me di cuenta entonces de que ya era noche cerrada. El bedel no estaba por allí cerca, habría ido al servicio o a dar una de sus rondas. Si me ocurría algo en ese instante nadie lo vería. Así que no me volví ni para dar una excusa, aligeré el paso y salí de allí corriendo.
En la calle hacía frío y me era imposible correr con esos tacones. El camino de regreso a casa me pareció maratoniano.
Escuché unos pasos acelerados tras de mí y me giré. Pude ver a Gabriel corriendo por las calles desiertas. Temí que realmente estuviera más desquiciado de lo que yo había imaginado. Yo también empecé a correr pero sabía que no tenía escapatoria. Me descalcé a la par que seguía corriendo, como nos habían enseñado en las clases de defensa personal que había dado hacía meses. ¡Siempre intuí que algún día las acabaría necesitando! Una mujer es tan vulnerable a merced de un depravado…
Correr descalza por la calle era doloroso, pero hubiera sido peor hacerlo en tacones. No podía arriesgarme a tropezar y ponérselo tan fácil. El vestido me permitía poca apertura de piernas. Estaba desesperada. Cada vez tenía a Gabriel más cerca y él no dejaba de gritar mi nombre. Pensé que sería capaz de seguirme a casa y forzarme en el portal, como los violadores que salen en las noticias.
Por más que intenté correr, al final me dio alcance. Me agarró de un brazo y no paraba de preguntarme, escupiendo más saliva que palabras, por qué le huía.
Titubee algunas excusas para ganar tiempo. De pronto, recordé que en el bolso llevaba un pequeño desodorante en espray (llevo uno en cada bolso siguiendo las recomendaciones de mi curso de defensa). Con la mano que me había dejado libre, abrí el bolso sin que me viera, saqué el espray y, en cuanto pude, le rocié en los ojos con él. Seguí rociándolo un buen rato sin importarme sus gritos de dolor, hasta que él se llevó las manos a la cara para protegerse los ojos y dejó caer la carpeta atestada de papeles y el paraguas roto que portaba.
Yo, desanduve mis pasos, recogí mis zapatos de en medio de la calzada y, con los tacones, agujereé el asfalto hasta hacer un hoyo para enterrarme en él.


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